Yo tenía un superpoder: hacer feliz a una persona con mi mera
presencia. Lo he perdido, me lo han arrebatado, para siempre. Podré alegrar
ocasionalmente a F., quizá a una pareja, pero jamás, jamás alguien será feliz
solo con que yo esté. Hacer feliz con estar, es increíble. Y solo soy
plenamente consciente ahora. Demasiado tarde.
El adjetivo "huérfano" me acompaña desde hace 30 años.
Ahora ya sin el matiz "de padre". La ausencia de matices agrava,
profundiza.
Leyendo Moby Dick: "El capitán se quitó las gafas y las frotó
con un pañuelo de seda amarilla con lunares". Es la descripción del
pañuelo lo que te mete en la escena. La importancia de los detalles en la
narración.
La casa aún huele a ti. ¿Cuánto de ti hay aquí?
¿Por qué está tan roto el reloj de papá? Recuerdo retirárselo de
la muñeca en el hospital en buen estado.
No soy capaz de responder los mensajes pendientes en mi móvil. Ni
siquiera de leerlos.
¿Cuánto hay de egoísmo en pedirle a una persona agotada que siga?
¿Cuánto había de egoísmo en decirte que tenías que ver a tu nieto en la
universidad?
Mi reloj se paró la noche del 7 al 8 de octubre. Pienso en los
relojes de Hiroshima que se pararon el 6 de agosto del 45. Esa noche explotó mi
bomba.
Hemos ido juntos F. y yo a tu casa, nuestra casa. F. se pone a
mirar el móvil mientras le enseño fotos. Me enfado mucho con él. ¿Estoy
demasiado sensible? Ha sido un gesto horrible por su parte.
F. matiza: "la casa huele a la yaya, o nosotros creemos que
es así?" ¿de verdad puede ser fruto de nuestra imaginación?
Por primera vez, a mis 46 años, completo el puzle de tu vida y la
del papá. Y solo gracias a notas manuscritas guardadas en una caja escondida en
un armario durante décadas.
Papá conservaba la factura de la transfusión de sangre de su
primera mujer. Transfusión que el hospital le cobró el mismo día que ella
falleció. La guardó durante 40 años. Pocos gestos silenciosos pueden contener
tanta impotencia, tanta rabia.
He decidido agrandar vuestras alianzas para que me quepan en el
dedo anular. Va a ser extraño llevar alianza otra vez, pero creo que será
bonito llevar algo vuestro conmigo siempre.
Me ha llamado el seguro ofreciéndome un psicólogo. He
aceptado.
Encuentro entre los cajones mis evaluaciones psicotécnicas del
parvulario: dentro de la normalidad en casi todo, destacando en comprensión y
presentando dificultades en relaciones sociales. Conclusiones válidas para mis
4 años y para mis 46.
El capitán Ahab aparece por primera vez en la página 175. La mejor
introducción de un personaje que he leído. 175 páginas generando expectación.
Hoy me he llevado los álbumes de fotos. No soy capaz de
abrirlos.
Me duelen los ojos de llorar.
Desde que me fui hace ya 20 años, un Fotogramas me esperaba cada
final de mes en tu casa. Es esa cotidianidad o, mejor dicho, esa ausencia de,
la que me trae de golpe a esta nueva realidad. Me rompe en pedazos.
Descubro que guardasteis el periódico en el que se publicó el
listado de admitidos en la universidad. Ese gesto de orgullo que siempre
disimulasteis -mal- me conmueve.
Cuantas veces me llamaste a estas horas y no lo cogí porque no me
venía bien, o por simple pereza. Cuánto echo de menos ahora una de esas
llamadas.
Me llevo la documentación confidencial (facturas, cartillas
bancarias, historiales médicos, etc.) al pueblo. La quemo en la chimenea. Veo
arder toda una vida en unas pocas horas. Es tan hipnótico.
Surge el tema con mi hermano de las comidas de los fines de semana
y en Navidad. Sugiere que quedemos los domingos. Me río. Él sabe tan bien como
yo que no quedaremos para "celebrar" comidas familiares. Eso ya no
sucederá. Nunca.
Leo a María Leach, en No te acabes nunca:
"Llorar
Me da pereza
Me da vergüenza
Me da rabia
Me da frío
Me da menos
Me da miedo
Me da tristeza
Me da vacío
Ahora que no tengo nada,
Cuántas cosas que no quiero
Me da el llorar"
5am, ya despierto. Las noches son más cortas, pese
al cansancio.
Absurdamente, no me atrevo a apagar tu móvil. ¿Y si el PIN no es
el que yo creo? Pero, incluso en ese caso, ¿qué más daría?
Primera cita con mi nueva amiga de pago (AKA
"psicóloga"). Tengo muchas dudas sobre la efectividad de contarle las
penas a un/a desconocido/a y romperme, por enésima vez. ¿Para qué?
La transición a la locura del Capitán Ahab: "Y mientras
doblaba en pleno invierno el sombrío y aullante cabo de la Patagonia, su cuerpo
herido se fundió con su alma sangrante y enloqueció del todo". Sublime.
Leo en Twitter -jamás "X"-: "Qué triste es ver
llorar a alguien en la calle, porque si lloras en la calle es porque se te
acaba de caer el mundo encima". Y ahí me veo yo, en medio del
derrumbe.
Qué largas son las noches viendo pasar todas y cada una de las
horas del reloj.
Pienso en Navidad. Qué fecha tan absurda y tan crítica a la vez.
Si no estuviera F., huiría lejos. Muy lejos.
Anoche tiré los apuntes de la carrera. En poco más de una hora me
deshice de todo lo que costó cinco años recopilar y estudiar.
Empieza la última semana antes de entregar las llaves de casa a su
nuevo y flamante propietario. Aún queda mucho por llevarme. Todo esto me
desgarra por dentro.
En la oficina. Me hundo a plomo, pero aguanto. No quiero que me
vean llorar.
Primer intento de fraude en Wallapop vendiendo tu sofá. Lo que me
faltaba, toparme ahora con cibergentuza. Descarto venderlo.
Acabo de recordar que finalmente no compramos mi regalo de
cumpleaños. Todos los años íbamos juntos a elegirlo. La idea esta vez era ir al
mercadillo de Benicalap y después almorzar por allí. Lo fuimos posponiendo,
llegó tu ingreso en el hospital y ahora ya no habrá otra oportunidad.
C. me envía esta página de “Caminando a través del duelo”:
"Esperas que el tiempo se detenga
Que el resto sienta lo que tú sientes
Pero no,
La vida sigue su curso mientras tú
Aprendes a caminar con peso de la ausencia.
El duelo te transforma,
Te cambia la mirada,
Te hace entender a quienes ya pasaron por lo mismo.
De alguna forma, los reconoces,
Como si llevaran una señal invisible,
Que solo los que han sentido ese dolor pueden ver".
5am. Me despierto de una pesadilla: mi hermano padecía un cáncer
terminal y se estaba muriendo. Pienso en esa idea y sé que yo no sería capaz de
superarlo. Si él muere, voy yo detrás. Ya no puedo recuperar el sueño, me voy
al gimnasio.
Me viene a la mente cuando papá perdió a su mejor amigo, Farina -a
quien llamaban así con sorna por lo moreno que era-. Hasta ese momento nunca lo
había visto tan afligido. Y ahora que lo pienso, a partir de ahí empezó a irse
él también.
He donado todos los libros a la librería Miranfú. Nunca se lo he
preguntado a Marcos, el dueño, pero sin duda eligió ese nombre por Caperucita
en Manhattan. Es la palabra que inventa la niña protagonista para decir que
"va a pasar algo diferente", que "algo genial va a
ocurrir". A ver si es verdad: ¡Miranfú!
Me he traído la silla de ruedas a casa para que vengan a recogerla
los voluntarios de CODIFIVA. La he escondido, no soporto verla vacía. Y pese a
eso, me asfixia saber que está aquí. Tengo que quedar con ellos cuanto antes.
Melville se refiere a las ballenas constantemente como peces. ¿En
el siglo XIX no los consideraban mamíferos? ¿O es solo un error de traducción?
Me saca del libro.
Le doy mil vueltas a si se pudo hacer más esa semana perdida que
tendría que haber ido a casa la hospitalización a domicilio y finalmente no
fue. Con papá pasó lo mismo cuando tardamos en advertir las evidentes señales
de su enfermedad. ¿Se podría haber hecho más? La respuesta, tan dolorosa como
cierta, es que sí, en ambos casos.
Anoche sonó tu móvil. Era V., tu amiga. Se me había pasado
totalmente decírselo. No cogí la llamada, me pareció demasiado impactante
responder yo, esperando ella que respondieras tú, y contarle que ya no estarás.
Hoy la llamaré.
El conflicto interno de llevarme todo lo posible de casa, de
aprovechar todo lo aprovechable, y la sensación a su vez de estar rapiñando
vuestra vida.
Me fustigo viendo una y otra vez el vídeo de tu último cumpleaños.
En él soplas la vela de la tarta y pides un deseo: "salud y no tener que
jorobar a nadie". Sufrías tanto por "jorobar" a los demás. Se me
parte el alma.
Me traje tu báscula a mi casa. Hoy peso 77kgs. Tenían razón todos
los que decían verme más delgado.
Encuentro un diario mío de las navidades de 1991. Me muero de
vergüenza, aunque, a su vez, me resulta entrañable. Desde la distancia, veo
mucho de F. en aquel yo.
Pienso en Fallas. Ya no iremos el día del padre juntos con F. a
ver las mascletàs del barrio y a comer después en el restaurante chino de al
lado de tu casa. Nunca más. Hay tantas fechas dolorosas próximas. Este mes, tu
santo.
Recreo con mi hermano la foto que tenemos en el balcón de
pequeños. Hacía tiempo que no me reía -y lloraba- tanto.
Qué suerte tengo de tener a M. cogiéndome fuerte de la mano y no
dejándome caer. Si no fuera por ella estaría callando mis demonios con más
demonios, no tengo duda. Qué extraño es enamorarme precisamente en el peor
momento de mi vida. Eros y Tánatos, inseparables siempre, atravesándolo
todo.
Cuando todo se hace gris, intento desviar mi mente hacia
pensamientos positivos. Y esos pensamientos positivos son M.. Ella. Nosotros.
¿Penúltima? visita a tu casa. Aún no sé cuándo entregaré las
llaves, pero es inminente.
La casa ya no huele a ti.
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