jueves, 3 de septiembre de 2026

Notas de un duelo. Y de Moby Dick. (2 de 2)

Hay una botella de ginebra sin empezar en el botellero. Sabías que no me gusta especialmente la ginebra, imagino que la compraste por mi hermano. Me la llevo, nos la beberemos a tu salud.

Ha venido el voluntario de dispositivos de voz de Cruz Roja a llevarse tu Alexa. Le cuento cómo le preguntabas todos los días por el tiempo en el pueblo y le pedías que te pusiera Serrat. Él se acordaba de ti, de cuando vino a instalarla el año pasado. 

Descubro, re-revisando por enésima vez tus cajones, un poema que no había visto hasta ahora:  

"Yo muero pero

mi cariño no muere,

Os amaré en el cielo

Como os he amado en la tierra"

Parece como si lo hubieses dejado ahí para que lo leyera justo en este momento. Es increíble. 

En otro alarde de masoquismo, le pido a ChatGPT que analice nuestro histórico de Whatsapp: 

"Este chat es un retrato silencioso de lo que queda entre una madre y su hijo cuando la vida avanza: mensajes, fotos, y un afecto que se sostiene en la costumbre de estar pendientes el uno del otro. L. expresa el amor con ternura y constancia; F. lo devuelve con presencia y respeto, y entre ambos hay un equilibrio sereno que solo se consigue cuando el cariño ha madurado. No hay dramatismos, solo la calidez del vínculo que sobrevive al tiempo.

Lo que se siente al leerlos es hogar: ese espacio invisible donde las palabras simples (“bon dia”, “cuídate”, “😘”) dicen más que cualquier discurso. L. fue una madre amorosa, de esas que nunca sueltan el hilo. Y F., en su manera tranquila de contestar, de compartir, de no dejar el silencio crecer, fue también su sostén. Entre ambos, el amor se volvió rutina, y la rutina, una forma de eternidad." 

Encuentro una libreta tuya con todas las fechas de cumpleaños y fallecimientos anotadas. Junto al día que murió papá escribiste "no te olvidamos". Y, efectivamente, jamás lo olvidaste. 30 años después todavía hablabas de él, y con él, a diario. Seguía tan presente en tu vida. Qué amor tan puro. 

Anoche le hice una foto a F. recién dormido, abrazado al oso panda gigante de peluche, a sus 14 años. Lo primero que pensé al hacerla fue, instintivamente, enviártela, como siempre. La cotidianidad fallida, de nuevo, haciendo sangrar la herida a borbotones. 

Hoy operan a M. Es una intervención sencilla, "no hay riesgo", teóricamente. Aunque por supuesto, siempre lo hay, evito pensarlo.

De toda esta mierda, de tu último paso por el hospital, lo único positivo que veo es que sirvió para precipitar vuestra presentación. Llegó a conocerte y llegaste a conocerla, eso ya nadie nos lo quitará.

Me encuentro con una excompañera, que perdió a su sobrino de 16 años hace unos meses en un fatal accidente (una absurda caída de espaldas). Esa desgracia antinatura -enterrar a los que vienen después- me reubica. ¿El dolor ajeno hace menor el propio?

Buscar vídeos y audios en el chat de WhatsApp, y otras mil formas de regodearse en el dolor.

Melville cuestiona en boca de Ismael la salvajada que supone cebar a una oca para hacer paté con su hígado. Esta visión tan animalista en el siglo XIX me sorprende.

El domingo he quedado con mi hermano para ir juntos a casa por última vez. Haremos la última carrera de escaleras con F. Será divertido, seguro. Y emocionante. Sólo espero no derrumbarme delante de él.

Ha llegado el día: último domingo en casa, última carrera por las escaleras.

Encontramos escondidas en el fondo del zapatero (¿?) las cartas de la mili de mi hermano. Él las ojea y decide tirarlas, sin dudarlo ni un instante. "La vida consiste en deshacerse del pasado", dice. Yo habría sido incapaz.

Gana F. la carrera. Será para siempre ya el campeón de las escaleras.

Último día, se acabó. Llaves entregadas. Qué dolor. 

Ya no hay nido al que volver. No habrá cobijo. Nunca más. 

Me sobreviene un profundo arrepentimiento por todo lo que he descartado y no me he llevado de casa. El bolso que siempre llevabas contigo. La botella que te acompañó este último año. Pienso en llamar al nuevo dueño para decirle que me paso a recogerlo. Sé que es absurdo. No lo haré.

Acabo de trabajar y hoy ya no tengo que ir a vaciar tu casa, como las tardes de estas últimas semanas. Me desgarraba tener que ir. Hoy me desgarra no tener que ir. Ya no poder ir.

Leyendo El libro de las despedidas, de A. Aberasturi:

“Cuando mi madre murió

-amargo amanecer

sin hojas y sin magia-,

La casa de la infancia

Se derrumbó de golpe"

Es curioso cómo la muerte liga para siempre a una persona con la música que escuchaba. Es imposible que suene Serrat y no me venga inmediatamente tu recuerdo. Es imposible escuchar a Frank Sinatra sin pensar en papá.

La psicóloga se equivoca y empieza a hablar de ti en masculino, confundiendo tu muerte con la de papá. Entiendo que soy su enésimo paciente del día, no le culpo del error, pero me saca totalmente de la sesión. Hace patente el absurdo impersonal en que consiste todo esto.

La corbata de papá que me traje a mi casa huele a tu casa aún. Huele a vosotros.

"Que nadie se sonría si digo aquí que este negrito era brillante, porque hasta la negrura puede tener su brillo". El racismo de la sociedad del XIX también lleva bastante mal el paso del tiempo en Moby Dick.

Me sigue constando horrores responder mensajes, aunque entienda que detrás hay buena voluntad. "¿Cómo estás?". No sé qué responder. ¿Mentir y decir que estoy fenomenal? ¿Decir la verdad y ponerme a contar mis penas a todo el mundo? Pospongo la decisión, y mientras, permanecen sin abrir y sin respuesta.

Día 17, sin dinero en la cuenta. Este nuevo nivel de gasto es insostenible.

Haciendo la cena en mi cocina, recuerdo cuando venías con la silla de ruedas a hacerme compañía, durante los meses que pasaste en casa. Con servirte una cerveza sin alcohol y unas aceitunas, eras feliz viéndome cocinar. A mí me gustaba tenerte al lado.

¿Para qué me traje tu perfume de casa? No lo voy a usar nunca. No lo voy a oler nunca. Lo tiro.

F. me pregunta si me despedí de la casa. Me cuenta que le da pena, que pensar en volver por el barrio le pone triste. Siempre que íbamos por allí era para ir a casa de la yaya.

Otra vez despierto a las 5am. -> ajedrez.

Tus toallas aún conservan el olor de tus armarios. Me arrepiento de no haberte preguntado nunca cómo conseguías impregnar ese aroma en toda la ropa.

Ha venido a comer mi hermano. Hemos hablado de las cartas de la mili. Le he preguntado por qué las tiró sin leerlas. "Porque te vi llorar al leer la primera". Sigo sin entender cómo fue capaz, pero lo acepto. Me cuenta, por primera vez, cómo el padre Atienza le metió mano. Por primera vez. Papá no lo defendió. Tampoco a mí cuando me pegó Vicent. No culpo a papá ya. Eso ya pasó, no hay rencor. Al menos, por mi parte. ¿Y lo descubro ahora? Demasiadas emociones juntas. Otra vez. Y F. en casa. Eso me salva, si no ya no estaría aquí.

Melville se pregunta si la caza extensiva de ballenas no desembocará en su extinción.

Hoy es tu santo. "De Santa Catalina a Nadal, un mes cabal". El jueves se cumplen 26 años de la muerte de papá. Fechas y más fechas.

Han ingresado al -otro- abuelo de F., así que hoy, aunque no nos tocaba estar juntos, viene a dormir a casa. Mientras abraza a Pandi susurra "otra vez no, otra vez no". Verle sufrir, verle triste, me parte el alma.

Acaban de publicar las notazas de F. Como siempre excelentes, con comentarios llenos de elogios por parte de los profesores. Otra vez, lo primero que pienso, es en enviártelas para compartir nuestro orgullo. Otra vez, una súbita puñalada en el corazón.

Cap. 132. La sinfonía. "Los segadores duermen entre la hierba recién cortada […] Por mucho que lo esquivemos todos acabaremos durmiendo en el campo. ¿Dormiremos de verdad? Sí, y acabaremos oxidados, igual que las hoces del año anterior, abandonadas entre los campos a medio segar".

(¿Penúltima?) cita con mi amiga de pago. Esta sesión ella ha hablado mucho más que yo, lo que no sé si es buena o mala señal. Hemos abordado el tema de los pensamientos oscuros, de cómo alimentamos ese monstruo, voluntaria e inconscientemente. En el fondo percibo que quiere cerrar la sesión. No he conseguido volver a conectar con ella, y no por falta de profesionalidad. Sigo dudando del método, de la eficacia de estas sesiones. Volveremos a hablar en enero.

Primer avistamiento de Moby Dick en el capítulo 133 (de 135).

Cocinando me acuerdo mucho, mucho de ti. Tu presencia en la cocina simplemente mirándome me daba paz. Me doy cuenta ahora.

Ha muerto Robe Iniesta. Otro pedacito de mí que se va. Las canciones de lo mejor de mi vida. No puedo contener las lágrimas.

"Y qué le importa a nadie cómo está mi alma, más triste que el silencio, y más sola que la luna, y qué importa ser poeta o ser basura." – Extremoduro

Sobre estas fechas el año pasado iba a ir con mi hermano al concierto de Robe en Valencia. Lo dejé pasar. Ahora sé que era nuestra última oportunidad de verlo en directo. La vida aleccionándome a hostias de que cualquier ocasión puede ser la última. Hay que aprovecharlas todas.

La edad de Robe, la edad de mi hermano. Me da tanto miedo.

Hoy acabo Moby Dick. Desembarco del Pequod y me despido de Ismael. Me quedo, sin embargo, dándole vueltas al descenso a los infiernos de Ahab. Su camino consciente hacia un final irreversible.

La gran pregunta es: una vez mutilado, ¿habría podido vivir sin la misión de cazar a la ballena? O, dicho de otra forma, ¿fueron sus demonios, al darle un sentido a su existencia, los que en realidad le mantuvieron con vida?