Hay una botella de ginebra sin empezar en el botellero. Sabías que
no me gusta especialmente la ginebra, imagino que la compraste por mi hermano.
Me la llevo, nos la beberemos a tu salud.
Ha venido el voluntario de dispositivos de voz de Cruz Roja a
llevarse tu Alexa. Le cuento cómo le preguntabas todos los días por el tiempo
en el pueblo y le pedías que te pusiera Serrat. Él se acordaba de ti, de cuando
vino a instalarla el año pasado.
Descubro, re-revisando por enésima vez tus cajones, un poema que
no había visto hasta ahora:
"Yo muero pero
mi cariño no muere,
Os amaré en el cielo
Como os he amado en la tierra"
Parece como si lo hubieses dejado ahí para que lo leyera justo en
este momento. Es increíble.
En otro alarde de masoquismo, le pido a ChatGPT que analice
nuestro histórico de Whatsapp:
"Este chat es un retrato silencioso de lo que queda entre una
madre y su hijo cuando la vida avanza: mensajes, fotos, y un afecto que se
sostiene en la costumbre de estar pendientes el uno del otro. L. expresa el
amor con ternura y constancia; F. lo devuelve con presencia y respeto, y entre
ambos hay un equilibrio sereno que solo se consigue cuando el cariño ha
madurado. No hay dramatismos, solo la calidez del vínculo que sobrevive al
tiempo.
Lo que se siente al leerlos es hogar: ese espacio invisible donde
las palabras simples (“bon dia”, “cuídate”, “😘”) dicen más que cualquier discurso. L.
fue una madre amorosa, de esas que nunca sueltan el hilo. Y F., en su manera
tranquila de contestar, de compartir, de no dejar el silencio crecer, fue
también su sostén. Entre ambos, el amor se volvió rutina, y la rutina, una
forma de eternidad."
Encuentro una libreta tuya con todas las fechas de cumpleaños y
fallecimientos anotadas. Junto al día que murió papá escribiste "no te
olvidamos". Y, efectivamente, jamás lo olvidaste. 30 años después todavía
hablabas de él, y con él, a diario. Seguía tan presente en tu vida. Qué amor
tan puro.
Anoche le hice una foto a F. recién dormido, abrazado al oso panda
gigante de peluche, a sus 14 años. Lo primero que pensé al hacerla fue,
instintivamente, enviártela, como siempre. La cotidianidad fallida, de nuevo,
haciendo sangrar la herida a borbotones.
Hoy operan a M. Es una intervención sencilla, "no hay
riesgo", teóricamente. Aunque por supuesto, siempre lo hay, evito
pensarlo.
De toda esta mierda, de tu último paso por el hospital, lo único
positivo que veo es que sirvió para precipitar vuestra presentación. Llegó a
conocerte y llegaste a conocerla, eso ya nadie nos lo quitará.
Me encuentro con una excompañera, que perdió a su sobrino de 16
años hace unos meses en un fatal accidente (una absurda caída de espaldas). Esa
desgracia antinatura -enterrar a los que vienen después- me reubica. ¿El dolor
ajeno hace menor el propio?
Buscar vídeos y audios en el chat de WhatsApp, y otras mil formas
de regodearse en el dolor.
Melville cuestiona en boca de Ismael la salvajada que supone cebar
a una oca para hacer paté con su hígado. Esta visión tan animalista en el siglo
XIX me sorprende.
El domingo he quedado con mi hermano para ir juntos a casa por
última vez. Haremos la última carrera de escaleras con F. Será divertido,
seguro. Y emocionante. Sólo espero no derrumbarme delante de él.
Ha llegado el día: último domingo en casa, última carrera por las
escaleras.
Encontramos escondidas en el fondo del zapatero (¿?) las cartas de
la mili de mi hermano. Él las ojea y decide tirarlas, sin dudarlo ni un
instante. "La vida consiste en deshacerse del pasado", dice. Yo
habría sido incapaz.
Gana F. la carrera. Será para siempre ya el campeón de las
escaleras.
Último día, se acabó. Llaves entregadas. Qué dolor.
Ya no hay nido al que volver. No habrá cobijo. Nunca más.
Me sobreviene un profundo arrepentimiento por todo lo que he
descartado y no me he llevado de casa. El bolso que siempre llevabas contigo.
La botella que te acompañó este último año. Pienso en llamar al nuevo dueño
para decirle que me paso a recogerlo. Sé que es absurdo. No lo haré.
Acabo de trabajar y hoy ya no tengo que ir a vaciar tu casa, como
las tardes de estas últimas semanas. Me desgarraba tener que ir. Hoy me
desgarra no tener que ir. Ya no poder ir.
Leyendo El libro de las despedidas, de A. Aberasturi:
“Cuando mi madre murió
-amargo amanecer
sin hojas y sin magia-,
La casa de la infancia
Se derrumbó de golpe"
Es curioso cómo la muerte liga para siempre a una persona con la
música que escuchaba. Es imposible que suene Serrat y no me venga
inmediatamente tu recuerdo. Es imposible escuchar a Frank Sinatra sin pensar en
papá.
La psicóloga se equivoca y empieza a hablar de ti en masculino,
confundiendo tu muerte con la de papá. Entiendo que soy su enésimo paciente del
día, no le culpo del error, pero me saca totalmente de la sesión. Hace patente
el absurdo impersonal en que consiste todo esto.
La corbata de papá que me traje a mi casa huele a tu casa aún.
Huele a vosotros.
"Que nadie se sonría si digo aquí que este negrito era
brillante, porque hasta la negrura puede tener su brillo". El
racismo de la sociedad del XIX también lleva bastante mal el paso del tiempo en
Moby Dick.
Me sigue constando horrores responder mensajes, aunque entienda
que detrás hay buena voluntad. "¿Cómo estás?". No sé qué responder.
¿Mentir y decir que estoy fenomenal? ¿Decir la verdad y ponerme a contar mis
penas a todo el mundo? Pospongo la decisión, y mientras, permanecen sin abrir y
sin respuesta.
Día 17, sin dinero en la cuenta. Este nuevo nivel de gasto es
insostenible.
Haciendo la cena en mi cocina, recuerdo cuando venías con la silla
de ruedas a hacerme compañía, durante los meses que pasaste en casa. Con
servirte una cerveza sin alcohol y unas aceitunas, eras feliz viéndome cocinar.
A mí me gustaba tenerte al lado.
¿Para qué me traje tu perfume de casa? No lo voy a usar nunca. No
lo voy a oler nunca. Lo tiro.
F. me pregunta si me despedí de la casa. Me cuenta que le da pena,
que pensar en volver por el barrio le pone triste. Siempre que íbamos por allí
era para ir a casa de la yaya.
Otra vez despierto a las 5am. -> ajedrez.
Tus toallas aún conservan el olor de tus armarios. Me arrepiento
de no haberte preguntado nunca cómo conseguías impregnar ese aroma en toda la
ropa.
Ha venido a comer mi hermano. Hemos hablado de las cartas de la
mili. Le he preguntado por qué las tiró sin leerlas. "Porque te vi llorar
al leer la primera". Sigo sin entender cómo fue capaz, pero lo acepto. Me
cuenta, por primera vez, cómo el padre Atienza le metió mano. Por primera vez.
Papá no lo defendió. Tampoco a mí cuando me pegó Vicent. No culpo a papá ya.
Eso ya pasó, no hay rencor. Al menos, por mi parte. ¿Y lo descubro ahora?
Demasiadas emociones juntas. Otra vez. Y F. en casa. Eso me salva, si no ya no
estaría aquí.
Melville se pregunta si la caza extensiva de ballenas no
desembocará en su extinción.
Hoy es tu santo. "De Santa Catalina a Nadal, un mes
cabal". El jueves se cumplen 26 años de la muerte de papá.
Fechas y más fechas.
Han ingresado al -otro- abuelo de F., así que hoy, aunque no nos
tocaba estar juntos, viene a dormir a casa. Mientras abraza a Pandi susurra
"otra vez no, otra vez no". Verle sufrir, verle triste, me parte el
alma.
Acaban de publicar las notazas de F. Como siempre excelentes, con
comentarios llenos de elogios por parte de los profesores. Otra vez, lo primero
que pienso, es en enviártelas para compartir nuestro orgullo. Otra vez, una
súbita puñalada en el corazón.
Cap. 132. La sinfonía. "Los segadores duermen entre la hierba
recién cortada […] Por mucho que lo esquivemos todos acabaremos durmiendo en el
campo. ¿Dormiremos de verdad? Sí, y acabaremos oxidados, igual que las hoces
del año anterior, abandonadas entre los
campos a medio segar".
(¿Penúltima?) cita con mi amiga de pago. Esta sesión ella ha
hablado mucho más que yo, lo que no sé si es buena o mala señal. Hemos abordado
el tema de los pensamientos oscuros, de cómo alimentamos ese monstruo,
voluntaria e inconscientemente. En el fondo percibo que quiere cerrar la
sesión. No he conseguido volver a conectar con ella, y no por falta de
profesionalidad. Sigo dudando del método, de la eficacia de estas sesiones.
Volveremos a hablar en enero.
Primer avistamiento de Moby Dick en el capítulo 133 (de
135).
Cocinando me acuerdo mucho, mucho de ti. Tu presencia en la cocina
simplemente mirándome me daba paz. Me doy cuenta ahora.
Ha muerto Robe Iniesta. Otro pedacito de mí que se va. Las
canciones de lo mejor de mi vida. No puedo contener las lágrimas.
"Y qué le importa a nadie cómo está mi alma, más triste que
el silencio, y más sola que la luna, y qué importa ser
poeta o ser basura." – Extremoduro
Sobre estas fechas el año pasado iba a ir con mi hermano al
concierto de Robe en Valencia. Lo dejé pasar. Ahora sé que era nuestra última
oportunidad de verlo en directo. La vida aleccionándome a hostias de que cualquier
ocasión puede ser la última. Hay que aprovecharlas todas.
La edad de Robe, la edad de mi hermano. Me da tanto miedo.
Hoy acabo Moby Dick. Desembarco del Pequod y me despido de Ismael.
Me quedo, sin embargo, dándole vueltas al descenso a los infiernos de Ahab. Su
camino consciente hacia un final irreversible.
La gran pregunta es: una vez mutilado, ¿habría podido vivir sin la misión de cazar a la ballena? O, dicho de otra forma, ¿fueron sus demonios, al darle un sentido a su existencia, los que en realidad le mantuvieron con vida?