viernes, 31 de julio de 2026

Notas de un duelo. Y de Moby Dick. (1 de 2)

 

Yo tenía un superpoder: hacer feliz a una persona con mi mera presencia. Lo he perdido, me lo han arrebatado, para siempre. Podré alegrar ocasionalmente a F., quizá a una pareja, pero jamás, jamás alguien será feliz solo con que yo esté. Hacer feliz con estar, es increíble. Y solo soy plenamente consciente ahora. Demasiado tarde.  

El adjetivo "huérfano" me acompaña desde hace 30 años. Ahora ya sin el matiz "de padre". La ausencia de matices agrava, profundiza.  

Leyendo Moby Dick: "El capitán se quitó las gafas y las frotó con un pañuelo de seda amarilla con lunares". Es la descripción del pañuelo lo que te mete en la escena. La importancia de los detalles en la narración. 

La casa aún huele a ti. ¿Cuánto de ti hay aquí? 

¿Por qué está tan roto el reloj de papá? Recuerdo retirárselo de la muñeca en el hospital en buen estado. 

No soy capaz de responder los mensajes pendientes en mi móvil. Ni siquiera de leerlos. 

¿Cuánto hay de egoísmo en pedirle a una persona agotada que siga? ¿Cuánto había de egoísmo en decirte que tenías que ver a tu nieto en la universidad? 

Mi reloj se paró la noche del 7 al 8 de octubre. Pienso en los relojes de Hiroshima que se pararon el 6 de agosto del 45. Esa noche explotó mi bomba.

Hemos ido juntos F. y yo a tu casa, nuestra casa. F. se pone a mirar el móvil mientras le enseño fotos. Me enfado mucho con él. ¿Estoy demasiado sensible? Ha sido un gesto horrible por su parte. 

F. matiza: "la casa huele a la yaya, o nosotros creemos que es así?" ¿de verdad puede ser fruto de nuestra imaginación? 

Por primera vez, a mis 46 años, completo el puzle de tu vida y la del papá. Y solo gracias a notas manuscritas guardadas en una caja escondida en un armario durante décadas.  

Papá conservaba la factura de la transfusión de sangre de su primera mujer. Transfusión que el hospital le cobró el mismo día que ella falleció. La guardó durante 40 años. Pocos gestos silenciosos pueden contener tanta impotencia, tanta rabia.

He decidido agrandar vuestras alianzas para que me quepan en el dedo anular. Va a ser extraño llevar alianza otra vez, pero creo que será bonito llevar algo vuestro conmigo siempre.

Me ha llamado el seguro ofreciéndome un psicólogo. He aceptado. 

Encuentro entre los cajones mis evaluaciones psicotécnicas del parvulario: dentro de la normalidad en casi todo, destacando en comprensión y presentando dificultades en relaciones sociales. Conclusiones válidas para mis 4 años y para mis 46.

El capitán Ahab aparece por primera vez en la página 175. La mejor introducción de un personaje que he leído. 175 páginas generando expectación.

Hoy me he llevado los álbumes de fotos. No soy capaz de abrirlos. 

Me duelen los ojos de llorar. 

Desde que me fui hace ya 20 años, un Fotogramas me esperaba cada final de mes en tu casa. Es esa cotidianidad o, mejor dicho, esa ausencia de, la que me trae de golpe a esta nueva realidad. Me rompe en pedazos. 

Descubro que guardasteis el periódico en el que se publicó el listado de admitidos en la universidad. Ese gesto de orgullo que siempre disimulasteis -mal- me conmueve. 

Cuantas veces me llamaste a estas horas y no lo cogí porque no me venía bien, o por simple pereza. Cuánto echo de menos ahora una de esas llamadas. 

Me llevo la documentación confidencial (facturas, cartillas bancarias, historiales médicos, etc.) al pueblo. La quemo en la chimenea. Veo arder toda una vida en unas pocas horas. Es tan hipnótico.

Surge el tema con mi hermano de las comidas de los fines de semana y en Navidad. Sugiere que quedemos los domingos. Me río. Él sabe tan bien como yo que no quedaremos para "celebrar" comidas familiares. Eso ya no sucederá. Nunca. 

Leo a María Leach, en No te acabes nunca: 

"Llorar

Me da pereza

Me da vergüenza

Me da rabia

Me da frío

Me da menos

Me da miedo

Me da tristeza

Me da vacío

Ahora que no tengo nada,

Cuántas cosas que no quiero

Me da el llorar"

5am, ya despierto. Las noches son más cortas, pese al cansancio. 

Absurdamente, no me atrevo a apagar tu móvil. ¿Y si el PIN no es el que yo creo? Pero, incluso en ese caso, ¿qué más daría? 

Primera cita con mi nueva amiga de pago (AKA "psicóloga"). Tengo muchas dudas sobre la efectividad de contarle las penas a un/a desconocido/a y romperme, por enésima vez. ¿Para qué?

La transición a la locura del Capitán Ahab: "Y mientras doblaba en pleno invierno el sombrío y aullante cabo de la Patagonia, su cuerpo herido se fundió con su alma sangrante y enloqueció del todo". Sublime.

Leo en Twitter -jamás "X"-: "Qué triste es ver llorar a alguien en la calle, porque si lloras en la calle es porque se te acaba de caer el mundo encima". Y ahí me veo yo, en medio del derrumbe. 

Qué largas son las noches viendo pasar todas y cada una de las horas del reloj. 

Pienso en Navidad. Qué fecha tan absurda y tan crítica a la vez. Si no estuviera F., huiría lejos. Muy lejos.

Anoche tiré los apuntes de la carrera. En poco más de una hora me deshice de todo lo que costó cinco años recopilar y estudiar.

Empieza la última semana antes de entregar las llaves de casa a su nuevo y flamante propietario. Aún queda mucho por llevarme. Todo esto me desgarra por dentro.

En la oficina. Me hundo a plomo, pero aguanto. No quiero que me vean llorar.

Primer intento de fraude en Wallapop vendiendo tu sofá. Lo que me faltaba, toparme ahora con cibergentuza. Descarto venderlo.

Acabo de recordar que finalmente no compramos mi regalo de cumpleaños. Todos los años íbamos juntos a elegirlo. La idea esta vez era ir al mercadillo de Benicalap y después almorzar por allí. Lo fuimos posponiendo, llegó tu ingreso en el hospital y ahora ya no habrá otra oportunidad. 

C. me envía esta página de “Caminando a través del duelo”:

"Esperas que el tiempo se detenga

Que el resto sienta lo que tú sientes

Pero no,

La vida sigue su curso mientras tú

Aprendes a caminar con peso de la ausencia. 

El duelo te transforma,

Te cambia la mirada,

Te hace entender a quienes ya pasaron por lo mismo.

De alguna forma, los reconoces,

Como si llevaran una señal invisible,

Que solo los que han sentido ese dolor pueden ver". 

5am. Me despierto de una pesadilla: mi hermano padecía un cáncer terminal y se estaba muriendo. Pienso en esa idea y sé que yo no sería capaz de superarlo. Si él muere, voy yo detrás. Ya no puedo recuperar el sueño, me voy al gimnasio. 

Me viene a la mente cuando papá perdió a su mejor amigo, Farina -a quien llamaban así con sorna por lo moreno que era-. Hasta ese momento nunca lo había visto tan afligido. Y ahora que lo pienso, a partir de ahí empezó a irse él también. 

He donado todos los libros a la librería Miranfú. Nunca se lo he preguntado a Marcos, el dueño, pero sin duda eligió ese nombre por Caperucita en Manhattan. Es la palabra que inventa la niña protagonista para decir que "va a pasar algo diferente", que "algo genial va a ocurrir". A ver si es verdad: ¡Miranfú! 

Me he traído la silla de ruedas a casa para que vengan a recogerla los voluntarios de CODIFIVA. La he escondido, no soporto verla vacía. Y pese a eso, me asfixia saber que está aquí. Tengo que quedar con ellos cuanto antes.

Melville se refiere a las ballenas constantemente como peces. ¿En el siglo XIX no los consideraban mamíferos? ¿O es solo un error de traducción? Me saca del libro. 

Le doy mil vueltas a si se pudo hacer más esa semana perdida que tendría que haber ido a casa la hospitalización a domicilio y finalmente no fue. Con papá pasó lo mismo cuando tardamos en advertir las evidentes señales de su enfermedad. ¿Se podría haber hecho más? La respuesta, tan dolorosa como cierta, es que sí, en ambos casos. 

Anoche sonó tu móvil. Era V., tu amiga. Se me había pasado totalmente decírselo. No cogí la llamada, me pareció demasiado impactante responder yo, esperando ella que respondieras tú, y contarle que ya no estarás. Hoy la llamaré. 

El conflicto interno de llevarme todo lo posible de casa, de aprovechar todo lo aprovechable, y la sensación a su vez de estar rapiñando vuestra vida.

Me fustigo viendo una y otra vez el vídeo de tu último cumpleaños. En él soplas la vela de la tarta y pides un deseo: "salud y no tener que jorobar a nadie". Sufrías tanto por "jorobar" a los demás. Se me parte el alma. 

Me traje tu báscula a mi casa. Hoy peso 77kgs. Tenían razón todos los que decían verme más delgado.

Encuentro un diario mío de las navidades de 1991. Me muero de vergüenza, aunque, a su vez, me resulta entrañable. Desde la distancia, veo mucho de F. en aquel yo.

Pienso en Fallas. Ya no iremos el día del padre juntos con F. a ver las mascletàs del barrio y a comer después en el restaurante chino de al lado de tu casa. Nunca más. Hay tantas fechas dolorosas próximas. Este mes, tu santo. 

Recreo con mi hermano la foto que tenemos en el balcón de pequeños. Hacía tiempo que no me reía -y lloraba- tanto. 

Qué suerte tengo de tener a M. cogiéndome fuerte de la mano y no dejándome caer. Si no fuera por ella estaría callando mis demonios con más demonios, no tengo duda. Qué extraño es enamorarme precisamente en el peor momento de mi vida. Eros y Tánatos, inseparables siempre, atravesándolo todo. 

Cuando todo se hace gris, intento desviar mi mente hacia pensamientos positivos. Y esos pensamientos positivos son M.. Ella. Nosotros.

¿Penúltima? visita a tu casa. Aún no sé cuándo entregaré las llaves, pero es inminente. 

La casa ya no huele a ti.